Descubre el pueblo mexicano donde se reza con Coca-Cola: Así se convirtió en símbolo de fe
Una botella, cien velas
El templo de San Juan Chamula, en los Altos de Chiapas, en México, huele a cera, incienso… y Coca-Cola.
Entre los destellos, las botellas negras reposan frente a los santos, junto a gallinas, flores y montones de velas que arden sin descanso. Una mujer tsotsil susurra una plegaria y bebe un trago. El eructo que sigue no es descortesía: es parte del ritual. Dicen que así se libera el mal que oprime el cuerpo.
Durante décadas, la bebida más famosa del mundo se filtró en la vida espiritual de Chamula hasta volverse inseparable de sus ceremonias. Lo que empezó como un sustituto del pox —un aguardiente local prohibido por los evangelizadores— acabó ocupando un lugar en el altar y en cada mesa de la región.
Pero esa devoción tiene un precio. Chamula consume más Coca-Cola por persona que ningún otro lugar del planeta. Lo que antes se bebía para sanar o celebrar, hoy se bebe por costumbre, incluso en lugar de agua. Y mientras los camiones rojos suben cada día las montañas de Chiapas, la diabetes, la obesidad y la sed avanzan al mismo ritmo.
Sigue leyendo para descubrir cómo una bebida industrial se convirtió en emblema de fe, alimento cotidiano y, también, en una amenaza para la salud de una comunidad mexicana…
Fe, tierra y comida
A más de 2.000 metros de altitud, entre montañas cubiertas de niebla, se extiende San Juan Chamula. Aquí viven unas 80.000 personas, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), y más del 90% habla tsotsil, una de las lenguas mayas más antiguas aún vivas.
La vida en Chamula gira en torno a la tierra. El maíz, el frijol y la calabaza —los tres pilares del campo mesoamericano— marcan el ritmo de la cocina y del calendario. En los mercados, las mujeres tsotsiles preparan tamales de bola —unas masas de maíz rellenas de frijoles o carne, cocidas en hoja de plátano—, sopa de chipilín —una hierba silvestre rica en hierro y calcio— y guisos de pollo criollo con guindilla y tomate. Todo se cultiva cerca, todo se aprovecha.
Según la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), más del 70% de las familias chamulas produce parte de sus alimentos. El maíz no solo alimenta: une. Se ofrenda en los altares, se comparte en las fiestas y se transforma en pozol, una bebida ancestral de maíz y cacao.
En palabras de Jaime Page-Pliego, doctor en antropología de la Universidad Autónoma de México (UNAM), la dieta tradicional tsotsil “no solo era nutritiva, sino profundamente simbólica”. Hoy, sin embargo, ese equilibrio empieza a desvanecerse.
La bebida y la espiritualidad
Durante siglos, las bebidas de Chamula reflejaron su relación con la tierra y el espíritu. El pozol, una mezcla fría y espesa de maíz y cacao, alimentaba a los campesinos en las jornadas de trabajo. El pox o posh, un destilado artesanal de maíz y caña de azúcar, se reservaba para las ceremonias: se ofrecía a los santos, a los enfermos y a los antepasados como símbolo de vida, energía y comunión. Incluso, pox, en lengua maya, quiere decir “medicina” o “curación”.
Con el tiempo, ese equilibrio empezó a cambiar. Un reportaje de The Guardian —uno de los periódicos independientes británicos más influyentes— describe cómo las iglesias evangélicas, que ganaron presencia en la región en los años 60, desaconsejaron el uso del pox por su contenido alcohólico, pues les parecía difícil lidiar con los indígenas alcoholizados. La bebida ritual fue desapareciendo de los altares y los rezadores buscaron alternativas más accesibles y aceptadas.
El antropólogo Jaime Page-Pliego explica que el cambio “no solo fue simbólico, sino también práctico: el pox era caro y las bebidas más baratas y dulces se volvieron sustitutos naturales; se asumió que su sabor agradaba a los espíritus. (…) La sustitución del alcohol por refresco no eliminó el significado ritual; lo trasladó a un producto industrial con una nueva carga simbólica”.
Así, la Coca-Cola se transformó en algo más que una bebida: ahora era una herramienta espiritual moderna, tan cotidiana como sagrada.
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El día que el azúcar llegó a las montañas
La historia de la Coca-Cola en Los Altos de Chiapas comenzó en los años 60, lo que hizo posible esta sustitución ritual.
En esta época, las embotelladoras empezaron a expandirse por el sur de México y las carreteras abrieron paso a los camiones rojos. “Antes de que llegara la carretera a Tenejapa no había diabetes ni problemas cardiovasculares. Eso empezó cuando llegaron los refrescos, las papas fritas…”, relató a BBC Mundo Page-Pliego, autor del estudio al respecto hecho con el apoyo del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México (Conacyt).
Como documentó la periodista Jo Tuckman en The Guardian, los líderes indígenas de la región, con apoyo de las autoridades locales, obtuvieron concesiones para distribuir Coca-Cola y Pepsi en municipios como Chamula, Zinacantán y Tenejapa. Estas concesiones, explica el reportaje, eran permisos exclusivos que otorgaban a los jefes comunitarios el control de la venta y distribución de refrescos, una forma de poder económico que facilitó su expansión incluso en las comunidades más apartadas.
Esa red de distribución —además de la publicidad— fue la clave para que el refresco se integrara en la vida cotidiana y ritual. Lo que empezó como un gesto práctico —una bebida dulce en lugar del aguardiente ceremonial— acabó convirtiéndose en una transformación cultural.
A finales de los 90, la construcción de la planta embotelladora de Coca-Cola FEMSA en San Cristóbal de las Casas, a menos de diez kilómetros de Chamula, consolidó ese cambio. Desde entonces, las montañas de Chiapas se convirtieron en territorio Coca-Cola.
El país que bebe más Coca-Cola en el mundo
Para entender lo que ocurre en Chamula, conviene mirar el mapa. Según datos de Euromonitor International —una consultora global especializada en analizar hábitos de consumo y tendencias de mercado—, México es el país que más refrescos azucarados consume per cápita en el mundo, con un promedio de 163 litros al año por persona, frente a 96 litros en Estados Unidos y 47 litros en España.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que el consumo excesivo de bebidas azucaradas está directamente relacionado con la epidemia global de obesidad y diabetes tipo 2. En México, estas enfermedades se han convertido en las principales causas de muerte desde 2015, según la Secretaría de Salud del país.
Pero en Chamula, las cifras van mucho más allá de la media nacional. De acuerdo con el reportaje de The Guardian, los habitantes de este municipio beben más de 2,5 litros de Coca-Cola al día, una cantidad que equivale a más de 900 litros al año por persona. Es decir, 5 veces más que la media mexicana y casi 20 veces más que la española.
Mientras en otros lugares es un acompañamiento ocasional, aquí se ha convertido en parte de la dieta diaria. Y en un territorio donde el agua es cara y escasa, el azúcar fluye con la naturalidad de un manantial.
Lo que dice la ciencia
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), una persona adulta no debería consumir más del 10% de sus calorías diarias en forma de azúcares libres, es decir, los que se añaden a los alimentos o se encuentran en productos como refrescos, zumos industriales y bollería. En una dieta media de 2.000 calorías, esto equivale a unos 50 gramos de azúcar al día, o unas 12 cucharaditas. La OMS recomienda reducir esa cantidad a la mitad —25 gramos diarios— para mejorar la salud general y prevenir enfermedades metabólicas.
Una sola lata de Coca-Cola de 350 ml contiene aproximadamente 37 gramos de azúcar, lo que ya supera el límite diario aconsejado para una buena salud cardiovascular y metabólica. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) señala que el consumo frecuente de refrescos “desplaza” alimentos nutritivos como frutas, legumbres o leche, generando desequilibrios nutricionales especialmente graves en niños y adolescentes.
El Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) de México advierte que el consumo elevado de bebidas azucaradas está asociado con un aumento de hasta un 40% en el riesgo de diabetes tipo 2 y un incremento sostenido en los casos de obesidad infantil.
En comunidades como Chamula, donde el agua potable escasea y el refresco está al alcance de todos, ese desequilibrio deja de ser una elección: se convierte en una rutina.
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Una dulce enfermedad
México vive una epidemia silenciosa. Según la Secretaría de Salud y el Instituto Nacional de Salud Pública de México (INSP), más del 72% de los adultos del país tienen sobrepeso u obesidad, y la diabetes tipo 2 se ha convertido en la primera causa de muerte desde mediados de la década de 2010. La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que el país supera ampliamente el consumo de azúcar recomendado y que las bebidas azucaradas son uno de los principales factores de riesgo.
En los Altos de Chiapas, la situación es aún más grave. El antropólogo Jaime Page-Pliego documentó que, en municipios como Chamula y Tenejapa, la prevalencia de diabetes y enfermedades cardiovasculares ha aumentado drásticamente desde la expansión de las embotelladoras y las carreteras. Según el antropólogo mexicano, en los Altos de Chiapas, “la mayor parte de los casos de diabetes se presentan en las comunidades que están a pie de carretera, siendo menor la incidencia donde se dificulta la llegada del refresco”.
El problema no se limita al azúcar: también al agua. En una región donde el acceso al agua potable es irregular, muchos hogares dependen del refresco como fuente principal de hidratación. En palabras del investigador, “en Chamula, la Coca-Cola no solo reemplazó al pox en los rituales: también reemplazó al agua en la mesa”.
Burbujas que secan
En Chamula llueve casi todo el año, pero el agua escasea. En muchas casas, las familias deben caminar varios kilómetros para llenar bidones o comprar garrafones en las tiendas. Según el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua (IMTA), más del 40% de las viviendas rurales de Los Altos de Chiapas carece de acceso continuo a agua potable, a pesar de que la región cuenta con algunos de los acuíferos más abundantes del sur del país.
A menos de diez kilómetros, en San Cristóbal de las Casas, opera una de las plantas embotelladoras de Coca-Cola FEMSA más grandes del sureste mexicano. De acuerdo con una investigación de Greenpeace México, la empresa extrae más de 1,3 millones de litros de agua al día para producir y embotellar refrescos. Mientras tanto, los pozos comunitarios se agotan y los manantiales locales disminuyen…
The Guardian documentó cómo los camiones de la compañía recorren cada mañana las carreteras montañosas, mientras los habitantes de las comunidades vecinas hacen fila para comprar garrafones. En palabras del antropólogo Ricardo Fagoaga, del CIESAS, “la paradoja de Chiapas es brutal: es un territorio rico en agua, pero pobre en acceso. El agua fluye, pero no para todos”.
Así, el problema en Chamula ya no es solo nutricional ni cultural: es también ambiental. Un sistema que convierte el agua en azúcar está drenando, lentamente, la salud y la tierra.
De la felicidad al hábito
En México, la Coca-Cola no se vende: se celebra. Desde mediados del siglo XX, sus anuncios acompañan las fiestas, los partidos de fútbol, las comidas familiares y las Navidades. La marca no solo se asoció con el placer, sino con la identidad. “Es la bebida de todos los días, de las buenas noticias y de los rezos”, escribió la periodista Verónica Calderón en El País Semanal, al describir cómo el refresco forma parte del paisaje emocional mexicano.
Según el Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública (CESOP), más del 80% de los mexicanos considera normal consumir refrescos diariamente y, para muchos, representa un signo de hospitalidad: ofrecer una botella es ofrecer compañía. En Chamula, donde la Coca-Cola acompaña los rituales religiosos y las comidas, esa idea alcanza una dimensión casi sagrada.
Un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) sobre marketing alimentario señala que el éxito de la marca en el país radica en su capacidad para vincular azúcar con afecto. En los Altos de Chiapas, esa promesa de felicidad encontró un terreno fértil: un pueblo comunitario, solidario y devoto, donde compartir una bebida dulce parece tan natural como compartir una oración.
Con el tiempo, esa costumbre se transformó en hábito y el hábito en dependencia. El azúcar dejó de ser un lujo para convertirse en una forma de pertenecer.
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El símbolo de la Coca-Cola
En Chamula, una botella de Coca-Cola dice mucho más que su etiqueta. En las comunidades tsotsiles, ofrecer un refresco es signo de respeto, de amistad y de gratitud. Se comparte en los rezos, en las fiestas, en los funerales y en los nacimientos. “El refresco se bebe en lugar de agua o pozol, para agradecer un favor, pagar una deuda o pedir perdón”, resume el antropólogo Jaime Page-Pliego al describir el papel del refresco en la vida cotidiana de los Altos de Chiapas.
La Coca-Cola también se asocia con el estatus. Cuantas más cajas se ofrecen en una boda o un velorio, mayor es el prestigio de la familia. En tiempos de campaña electoral, incluso los políticos recurren a ese lenguaje simbólico: según el investigador, un candidato local llegó a regalar más de 20.000 botellas de refresco en una solo junta.
Así, parece que el éxito de esta bebida no radica solo en su sabor, sino en su capacidad para sustituir vínculos, como menciona Jaime Page-Pliego: “El refresco se volvió un mediador social; une, acompaña y da sentido a los actos colectivos”. En Chamula, el azúcar no solo se bebe: se ofrece, se reza y se comparte.
El poder detrás del azúcar
Antes de ser presidente de México, Vicente Fox Quesada (en la imagen) fue presidente de Coca-Cola México y más tarde de Coca-Cola Latinoamérica. Durante su gestión en la empresa, en los años 70 y 80, la marca consolidó su dominio absoluto sobre el mercado nacional: ocho de cada diez refrescos vendidos en el país eran Coca-Cola, según BBC Mundo. Décadas después, ya en el poder político, Fox impulsó políticas de libre mercado que beneficiaron a las grandes embotelladoras y flexibilizaron las concesiones de agua.
Mientras tanto, la publicidad penetraba los rincones más remotos de Chiapas. The Guardian y el antropólogo Jaime Page-Pliego documentan cómo las primeras vallas publicitarias de Coca-Cola en Los Altos mostraban a hombres y mujeres tsotsiles con sus bastones de mando, collares ceremoniales y camisas de lana negra —llamadas chuj en lengua maya—, símbolos de poder y respeto en la comunidad. Bajo ellos, lemas en tsotsil y tzeltal invitaban a “brindar con felicidad” o “compartir la alegría”.
Lejos de ser un simple anuncio, aquella campaña transformó el refresco en una extensión del prestigio político y religioso.
La pregunta que permanece es incómoda: ¿qué responsabilidad tiene el Estado mexicano cuando un producto industrial se confunde con un símbolo espiritual? Mientras la diabetes avanza y los manantiales se agotan, los Gobiernos parecen haber preferido mirar hacia otro lado.
El templo donde se mezcla lo divino y lo terrenal
Pero volvamos a San Juan Chamula. En el centro del pueblo se alza la iglesia de San Juan Bautista (en la imagen), el corazón religioso de Chamula. Su fachada blanca, decorada con bordes verdes y azules, es una de las imágenes más reconocibles de Los Altos de Chiapas. Detrás de sus puertas de madera, la escena cambia por completo: el suelo está cubierto de agujas de pino, cientos de velas arden sin cesar y el aire se impregna de incienso y Coca-Cola.
Este templo no pertenece a la diócesis católica oficial. Desde los años 70, los chamulas lo gestionan de forma autónoma, bajo un sistema religioso propio en el que los rezadores o h’iloles ofician ceremonias de sanación, agradecimiento y protección. The Guardian explica que no se permite tomar fotografías dentro del templo porque se considera un espacio sagrado donde las imágenes pueden “robar el espíritu” o profanar el rito. Los visitantes que intentan hacerlo se enfrentan a multas o expulsión.
La antropóloga Eugenia Bayona describe el interior como “una síntesis viva del sincretismo maya y católico”, es decir, la fusión de elementos de dos religiones —en este caso, la tradición cristiana y las creencias ancestrales mayas— en un mismo sistema de fe. Los santos católicos, vestidos con espejos, flores y cintas multicolor, conviven con ofrendas de gallinas, velas alineadas según el día del nacimiento, oraciones en tsotsil y plegarias que combinan rezos cristianos con invocaciones antiguas.
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El gas que limpia el alma
Dentro de la iglesia de San Juan Bautista, el sonido del gas escapando de una botella no rompe el silencio: lo acompaña. En los rituales tsotsiles, beber refresco y eructar es un gesto de purificación. Como explica el antropólogo Jaime Page-Pliego “el eructo libera los malos aires que enferman el cuerpo y el espíritu, es un signo de equilibrio entre lo humano y lo divino”.
Para los rezadores o h’iloles, la Coca-Cola cumple la misma función que el pox o el copal en los rituales antiguos: ayudar al cuerpo a expulsar lo que está cargado, a sanar desde dentro. No se adora la bebida ni la marca, sino que se usa como medio de limpieza espiritual, una medicina o como una ofrenda a los dioses. El líquido efervescente sustituye el calor del aguardiente y el humo del incienso.
La antropóloga Eugenia Bayona describe esta práctica como “un sincretismo vivo”, donde el catolicismo popular y las creencias mayas conviven sin conflicto. Los santos de madera, cubiertos de espejos, representan a los antepasados; las velas, la energía vital; y el burbujeo del refresco, el aire que purifica.
The Guardian resume esta fusión con una imagen poderosa: un espacio donde la fe se renueva cada día, no mirando hacia Roma, sino hacia la comunidad. En Chamula, el cuerpo y el alma se curan con rezos, luz, y un sorbo de refresco que asciende como ofrenda invisible.
El equilibrio perdido
Chamula es hoy el reflejo de una paradoja global: una comunidad profundamente espiritual atrapada entre la fe, el azúcar y el mercado. El antropólogo Page-Pliego señala que lo que comenzó como una adaptación cultural se transformó en una dependencia estructural: “El refresco no solo sustituyó al agua o al pox, sino también a la comida, a la convivencia y a la reciprocidad”.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el avance de los productos ultraprocesados en zonas rurales no responde solo a la publicidad, sino a la pérdida de soberanía alimentaria: cuando la industria controla lo que se bebe y se come, las decisiones dejan de ser culturales para volverse económicas.
En los Altos de Chiapas, el problema se agrava por la falta de agua y el poder simbólico del refresco. The Guardian documentó que, incluso en las ceremonias religiosas, las botellas vacías se apilan como si fueran velas: testigos burbujeantes de un sistema que mezcla devoción con dependencia.
Para Greenpeace México, Chamula es la imagen más clara de lo que ocurre cuando la espiritualidad y el consumo chocan: el ritual se mantiene, pero su materia se ha transformado. Lo sagrado sigue presente, solo que ahora viene embotellado y tiene un precio bastante alto para la comunidad.
Lo que bebemos también cuenta
En 2014, México se convirtió en el primer país de América Latina en aplicar un impuesto especial a las bebidas azucaradas, una medida respaldada por la OMS. Según el INSP, el consumo de refrescos disminuyó un 6% durante el primer año, pero en regiones rurales como los Altos de Chiapas el impacto fue mínimo, pues el azúcar no solo es un producto, sino que hace parte del tejido social.
En comunidades como Chamula, incluso en el cementerio se les llevan ofrendas de Coca-Cola a los muertos. Como menciona Page-Pliego, “no se trata solo de salud: el refresco está ligado a la espiritualidad, a la reciprocidad, a la pertenencia”. En Chamula, compartir una botella sigue siendo un acto de fe y de afecto.
Hoy, mientras los camiones de Coca-Cola siguen subiendo las montañas, las velas de San Juan Bautista siguen encendidas. El gas burbujea entre plegarias y el azúcar brilla bajo la luz de los altares. Chamula no es solo una advertencia: es un espejo. Allí donde el agua escasea y la dulzura se confunde con la fe, los cuerpos pagan el precio.
Porque la pureza, como el agua, nunca debió venderse.
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