¿Siempre has pensado que en la Zarzuela solo se sirven banquetes de película? Pues no. El rey Felipe VI tiene antojos de lo más cotidianos y la reina Letizia, con su disciplina alimenticia y su papel como embajadora de la Organización de las Naciones Unidas, ha transformado no solo su propia dieta, sino también la de todo el palacio.
En este artículo desvelamos los hábitos y curiosidades gastronómicas de la familia real española: desde la estricta dieta Perricone de Letizia hasta los caprichos de Juan Carlos I, pasando por las aventuras de la princesa Leonor y la infanta Sofía e, incluso, la alimentación vegetariana de la reina emérita.
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Su majestad doña Letizia, periodista de profesión y reina consorte desde 2014, no solo representa la modernidad de la monarquía española: también es la gran defensora de la vida sana en palacio.
Según los diarios ABC y El Nacional, cuida su alimentación con un rigor casi quirúrgico: apuesta siempre por productos frescos, ecológicos y de temporada, mientras mantiene a raya los ultraprocesados. Y no se queda ahí: como embajadora especial de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) —la agencia de la ONU para la alimentación y la agricultura—, impulsa la dieta mediterránea y la sostenibilidad a nivel mundial.
En palabras recogidas por RTVE en un discurso en Roma (2015), la reina insistió en que “la alimentación saludable es un derecho de todos”. En la Zarzuela, esa filosofía se cumple al pie de la letra: lo que se sirve en su mesa es saludable, equilibrado y pensado al detalle.
¿Sabías que la reina Letizia no empieza el día con café y tostadas, sino con un menú digno de manual de salud? Desde hace años sigue la dieta Perricone, diseñada por el dermatólogo estadounidense Nicholas Perricone, un plan antiedad que combina alimentos antioxidantes y antiinflamatorios. Mucho pescado azul, verduras frescas y frutos secos: así mantiene su energía y su piel impecable, según detalla la revista Vanidades.
Su desayuno favorito incluye tortilla de claras —ligera y esponjosa—, un filete de salmón a la plancha, copos de avena con frutos rojos y un té verde humeante. A mediodía no faltan sardinas, atún o caballa acompañados de verduras al vapor y un chorrito de aceite de oliva virgen extra. Para merendar, un yogur con avellanas y fruta fresca. Y por la noche, vuelve a reinar el pescado, acompañado de verduras y un puñado de frutos secos.
Nada de fritos, ni refrescos, ni alcohol. La disciplina es tal que, como recuerda El Mundo, apuesta siempre por productos frescos, ecológicos y de temporada, manteniendo lejos los azúcares y los carbohidratos ultraprocesados.
Y después de la disciplina férrea de la reina consorte, toca Felipe VI, proclamado rey en 2014, que combina la formalidad institucional con un carácter cercano… y eso también se nota en la mesa. A diferencia de doña Letizia, su dieta no sigue reglas estrictas: disfruta de la cocina española más tradicional y no esconde su gusto por platos sencillos pero sabrosos.
Y luego está el lado más humano. Según El Mundo, se cuenta en Palacio que, en un almuerzo, el monarca pidió amablemente a los camareros que no le retiraran el plato de patatas fritas que acompañaba su comida, ya que quería disfrutar de ese manjar que, en su casa, suele estar prácticamente prohibido.
Cuando está en Mallorca, el rey Felipe VI no perdona el pollo asado de un restaurante familiar abierto en 1969. Jugoso, con la piel dorada y crujiente, acompañado de patatas y ensalada, este plato se ha convertido en una de sus debilidades más conocidas. No se trata de alta cocina, sino de un clásico mediterráneo que refleja su gusto por lo sencillo y auténtico.
En Madrid, uno de sus refugios es La Taberna La Cruzada, fundada en 1827 y considerada la más antigua de la capital. Allí suele pedir un cocido madrileño servido en tres vuelcos: primero la sopa caliente, después los garbanzos con verduras y, finalmente, las carnes y embutidos. Según relató The Objective, este manjar tradicional ocupa un lugar privilegiado en su dieta real.
La princesa Leonor creció bajo la estricta supervisión alimenticia de la reina Letizia. En palacio hay reglas claras: fritos solo una vez al mes, pasta dos veces y carne roja, tres. Los bizcochos van siempre sin azúcar refinado y con harina integral. Estas restricciones, recogidas por la revista Vanidades, muestran cómo incluso la futura reina comparte la disciplina alimentaria que impera en la Zarzuela.
Además, en el colegio Los Rosales, donde estudiaron tanto Leonor como Sofía, la influencia de doña Letizia fue determinante: se introdujo más pescado y verdura en los menús y se redujo la presencia de fritos y rebozados, según la revista Telva.
Y si hablamos de celebraciones, el 31 de octubre de 2023, la princesa Leonor celebró su 18º cumpleaños con un almuerzo de Estado en el Palacio Real de Madrid. Más allá del simbolismo, fue un festín cuidadosamente diseñado para resaltar la tradición culinaria española en un marco solemne.
El menú, revelado por Vanitatis, la sección de sociedad y casas reales de El Confidencial, arrancó con un consomé de pularda, un caldo claro y delicado con notas aviares intensas. Después se sirvieron salmonetes, un pescado de carne fina y sabor marcado, acompañados de guarniciones de temporada. El cierre fue un postre sobrio pero exquisito: mousse de chocolate negro.
Aunque suntuoso, el banquete se mantuvo dentro de las reglas de doña Letizia: productos de calidad, recetas equilibradas y un toque de sobriedad que alejaba la celebración del exceso y reforzaba la idea de una monarquía moderna y saludable.
Al igual que su hermana, la infanta Sofía vive bajo las estrictas normas alimenticias que impone Zarzuela. Los postres se elaboran sin azúcar refinado y con harina integral y las meriendas suelen ser fruta fresca o yogur natural. Según ABC, doña Letizia supervisa personalmente estos menús, garantizando que sus hijas mantengan una dieta equilibrada.
Pero Sofía también tiene su lado más cercano y juvenil. Por eso, en julio de 2025, aprovechó la parada del buque escuela Juan Sebastián Elcano en Gijón para reencontrarse con su hermana Leonor y compartir no solo abrazos, sino también una ruta gastronómica inolvidable.
Según el Catalunya Diari, el contraste con la dieta estricta de palacio quedó en evidencia cuando las hermanas se sentaron a la mesa de La Casona de Jovellanos, una sidrería-restaurante de referencia en pleno centro de Gijón.
Allí disfrutaron de un auténtico homenaje asturiano. El protagonista indiscutible fue el cachopo, servido en dos versiones: uno relleno de jamón y otro de cecina, con su guarnición de patatas fritas bien doradas y una ensalada fresca que equilibraba el plato. La comida se completó con entrantes clásicos de la región —calamares, chipirones y pastel de cabracho—, todo acompañado por sidra servida como manda la tradición. Una experiencia que permitió a Sofía saborear los grandes emblemas de la cocina asturiana en un ambiente distendido y festivo, muy distinto al rigor nutricional de la Zarzuela.
Y como esperamos que doña Letizia no se haya enterado, pasemos mejor al compromiso de la familia real con la alimentación saludable, pues tiene raíces muy profundas. Fue la reina emérita Sofía quien impulsó hace años la idea de crear una huerta en los terrenos de la Zarzuela y hoy la reina Letizia ha retomado esa iniciativa dándole un enfoque ecológico y sostenible. Porque todos sabemos que la salud empieza en casa.
Según The Objective, se trata de un espacio de unos 1.000 metros cuadrados que se cultiva sin pesticidas, con abonos naturales a base de estiércol y lombrices. Eso sí: la Casa Real es muy celosa de este rincón y no existen imágenes públicas del huerto, lo que ha alimentado todavía más su halo de misterio.
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Según La Razón y la revista Lecturas, el huerto de la Zarzuela es un verdadero festival de colores y sabores, aunque invisible para el público. Allí crecen manzanas, peras, naranjas y mandarinas, junto con hortalizas como tomates, calabacines, pimientos, acelgas, lechugas, espinacas y judías verdes.
También se cultivan productos más curiosos como los calçots, unas cebollas tiernas y alargadas típicas de Cataluña, que se cocinan a la brasa y se comen con salsa romesco en las tradicionales “calçotades”. Su presencia la vida de los monarcas refleja cómo la huerta real incorpora costumbres regionales a la dieta de la familia.
Estas frutas y verduras llegan directamente a la mesa, reforzando la filosofía de Letizia de apostar por lo local y lo ecológico. En la Zarzuela, la sostenibilidad y el “kilómetro cero” no son un lema, sino una práctica diaria… aunque nadie pueda ver el huerto con sus propios ojos.
Los medios citados y algunos curiosos (como nosotros) han tratado de ubicarlo en Google Maps, señalando una franja verde dentro de los terrenos del palacio, pero se trata únicamente de una conjetura periodística nunca confirmada por la Casa Real.
Del huerto al plato, sí… pero también del campo a la pompa. Porque si en la Zarzuela todo gira en torno a lo ecológico y lo casero, en el Palacio Real las comidas de Estado se convierten en una coreografía donde el protocolo es tan importante como el menú.
Según El Confidencial, todo se monta con precisión matemática: mantelería de hilo blanco bordado, 15 lámparas de araña en el techo y 8 candelabros de diez brazos colocados simétricamente con la ayuda de un metro.
La mesa del comedor de gala puede alcanzar los 35 metros y acoger hasta 121 comensales. Los operarios trabajan con guantes y hasta con patucos para no dañar la mesa. Cada invitado dispone de exactamente 57 centímetros, y la vajilla blanca con filo de oro y las copas de cristal de Moser se alinean con un cordel para garantizar la perfección.
Incluso la colocación responde a normas centenarias: el Rey nunca se sienta de espaldas a la ventana (como se ve en la imagen) y la Reina siempre lo hace frente a la puerta por la que entra el servicio. En estos banquetes, la comida importa —y mucho—, pero tan relevante como el menú es el protocolo y el arte de agasajar a dignatarios y jefes de Estado, convirtiendo cada almuerzo en un escaparate de la monarquía española.
Sin embargo, cada verano, es el Palacio de Marivent el que se convierte en el gran escaparate social y gastronómico de los Reyes. Allí, Felipe VI y Letizia reciben a unas 600 personas entre autoridades, empresarios y representantes de la sociedad balear. Y, como manda la tradición, lo que más brilla es la mesa.
En 2025, el menú llevó la firma del chef Andreu Genestra, con estrella Michelin y estrella verde, que diseñó un auténtico festín mediterráneo, también de “kilómetro cero”. En su propuesta no faltaron los emblemas de la isla: gamba roja, cochinillo porc negre, escabeches de aceituna y berenjena, pescados frescos del día y platos de mar y montaña, todo acompañado por vinos mallorquines, algunos elaborados por el propio Genestra.
Según El Español, este banquete no fue solo un escaparate culinario, sino también una declaración de intenciones: apoyar a la hostelería local y mostrar a invitados e internacionales la riqueza gastronómica de Baleares.
Después de un paseo por la alta cocina de Marivent, toca volver la vista hacia quien fue, durante décadas, el gran comensal de la familia real: el rey emérito Juan Carlos I. A diferencia de la reina Letizia, la mesa de don Juan Carlos siempre estuvo marcada por la abundancia y, sobre todo, por el mar.
Si algo define al emérito es su devoción por el marisco gallego: percebes, nécoras, centollos y el mítico txangurro han sido sus grandes debilidades. En ocasiones especiales tampoco faltaban las angulas al ajillo, uno de los bocados más exclusivos de la gastronomía española.
Según el diario digital Okdiario, algunos de sus restaurantes de cabecera eran D’Berto, en O Grove, considerado un templo del marisco, y A’ de Lino, en Moaña, famoso por su chuletón y su producto de la ría.
Más allá del marisco, Juan Carlos I también es fiel a los clásicos de la cocina española. Según la revista Lecturas, entre sus platos de cabecera están las lentejas caseras, el jamón serrano, las anchoas y, sobre todo, los famosos huevos estrellados de Casa Lucio, en Madrid. Esta receta consiste en patatas fritas cortadas en láminas finas, coronadas con huevos que se rompen en el plato, mezclando yemas y patatas en un bocado sencillo pero irresistible.
Eso sí, no todo entra en su menú. Desde niño arrastra una aversión total a los hongos y setas, después de sufrir una intoxicación que lo marcó para siempre. La anécdota, revelada por Laurence Debray, biógrafa real, y recogida por el portal digital Trendencias, explica por qué nunca los verás en su plato.
Por su parte, la reina emérita Sofía lleva más de medio siglo siguiendo una dieta ovolactovegetariana, según The Objective y la revista Lecturas. Las fuentes afirman que adoptó este estilo de vida en 1964, tras la muerte de su padre, el rey Pablo I de Grecia, víctima de un cáncer de estómago. Desde entonces eliminó por completo la carne roja y apostó por una alimentación basada en verduras, frutas, cereales, lácteos y huevos.
Hoy en día, la emérita mantiene todavía esa disciplina que refleja tanto su preocupación por la salud como una visión sobria de la vida. En palacio siempre fue conocida por dar ejemplo en la mesa con su dieta ligera, frente a los gustos más abundantes de su marido.
Y si bien a la reina emérita le apasionan los sabores sencillos y mediterráneos, pues entre sus platos predilectos están la menestra de verduras, las alcachofas —que considera su verdura estrella—, y la quinoa, también consume un ocasional trozo de chocolate, de acuerdo con El Debate.
Sofía de Grecia evita el alcohol y el exceso de azúcares y consume pescado de forma ocasional, siempre en preparaciones ligeras, y acompaña sus comidas con fruta fresca. Una dieta austera y coherente que la ha acompañado toda su vida y que marca un contraste evidente con el paladar más goloso del rey emérito.
Y ahora que hemos visto los gustos de toda la familia real española, exploremos quién está detrás de lo que llega a la mesa real. Su nombre es Antonio Paredes, el primer chef civil que cocina en la Zarzuela —pues antes lo hacían militares— y desde hace años diseña tanto los menús diarios como las comidas de gala de los Reyes.
Como recuerda The Objective, Paredes se formó en el mítico restaurante Jockey de Madrid y combina técnica y sobriedad. Su estilo encaja con las exigencias de la reina Letizia: producto fresco, de temporada y platos equilibrados.
Y aunque hoy su trabajo se mueve en la discreción absoluta, ya demostró de qué es capaz en grandes ocasiones. Formó parte del equipo que sirvió el banquete de boda de Felipe VI y Letizia en 2004, un desafío monumental: 17 aperitivos —uno por cada comunidad autónoma— acompañados de jamón ibérico, una tartaleta de mariscos con verduras, un capón al tomillo con frutos secos y, de postre, 2.000 pastelitos coronados por una tarta de 150 kilos y dos metros de altura, creada por el maestro pastelero Paco Torreblanca.
Se trató de un despliegue de sabores pensado para impresionar a más de 1.200 invitados y que quedó en la historia como una de las grandes gestas culinarias de la monarquía española.
A pesar del protocolo y de los chefs de palacio, Felipe VI y Letizia no renuncian a salir a cenar como cualquier pareja. En Madrid se les ha visto en restaurantes tan diversos como La Cruzada, donde el Rey disfrutó de un cocido madrileño o, según Lecturas y The Objective, en Yunie, un pequeño local libanés del barrio de Chamartín donde pidieron nada más y nada menos que un kebab. Sí, el mismo bocadillo que puedes encontrar en cualquier esquina de la ciudad.
La anécdota corrió como la pólvora en los medios porque mostraba a los monarcas disfrutando de un plan de lo más común. En un país donde el kebab se ha convertido en un clásico nocturno para estudiantes y oficinistas, ver a los Reyes rendirse a la simpleza de este pan relleno de carne marinada y asada lentamente, servido con ensalada fresca, salsa de yogur o tahini y verduras encurtidas, añade un toque inesperadamente cercano a su perfil gastronómico.
Eso sí, conociendo la disciplina de doña Letizia, seguro que los kebabs en la Zarzuela están racionados con la misma precisión que los fritos o la pasta.
Y no solo salen a compartir kebabs en Madrid. En vacaciones, los Reyes aprovechan para reunirse en familia —ahora que ya no viven todos juntos en la Zarzuela— y disfrutar de cenas relajadas en Mallorca. Según el diario La Gaceta, una de sus paradas fijas es el restaurante MIA, en el paseo marítimo de Portixol, que se ha convertido en su restaurante de confianza verano tras verano.
La propuesta del chef Guillermo Cabot, que antes había cocinado para ellos en Ola de Mar, gira en torno a la cocina mallorquina de siempre con un toque contemporáneo. En su carta destacan la lubina o dorada al horno con hierbas de la isla, la caldereta de pescado y marisco, el arroz meloso con sepia y alcachofas, la coca de trempó con sardinas marinadas y postres con sello local como la ensaimada reinventada o el helado de almendra. Todo a base de producto fresco, de temporada y de “kilómetro cero”. Ya se imaginarán por qué le gusta a doña Letizia.
La última vez que acudieron, los Reyes llegaron de forma distendida, vestidos de manera informal y saludando al personal con cercanía (en la imagen). Para ellos, MIA no es un lugar ostentoso, sino un rincón donde la gastronomía mallorquina se mezcla con la rutina estival de descanso y familia.
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