Todos tenemos ideas diferentes sobre lo que constituye un buen plato, y también opiniones muy marcadas sobre los alimentos que no soportamos. Por supuesto, no hay ningún alimento que sea universalmente odiado, pero sí muchos que dividen a la gente.
Desde las aceitunas hasta los despojos —pasando por el siempre polémico cilantro—, aquí exploramos por qué algunas personas detestan ciertos ingredientes (mientras que otras los adoran) y repasamos los que más fácilmente provocan una mueca de disgusto.
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Nuestra clasificación se basa en una investigación exhaustiva, la opinión popular y la reputación general de cada alimento, así como en las opiniones de nuestro equipo de expertos.
Adaptado al español por Ana Niño, Redactora en español para loveFOOD.
Puede parecer raro que a alguien no le guste la mayonesa, pero este condimento a base de huevo genera opiniones encontradas. A muchas personas les echa para atrás su textura viscosa, su color pálido o su sabor a huevo (aunque no sea tan intenso como el del huevo cocido). Pese a ser un acompañamiento muy popular —en Bélgica, por ejemplo, es casi obligatorio con las patatas fritas—, la mayonesa despierta auténtica aversión en distintos puntos de Europa y Asia.
Nutritiva, asequible y con un sabor intenso y terroso, la remolacha tiene mucho a su favor. Esta raíz morada es sorprendentemente versátil y aporta color y sabor a ensaladas, guarniciones, guisos y mucho más. Entonces, ¿qué se le puede reprochar a una hortaliza tan vibrante, más allá de que puede teñirte las manos? Aunque su sabor terroso no convence a todo el mundo, lo que suele provocar más rechazo son los discos rosados y ácidos de la remolacha encurtida.
El tofu, por sí solo, resulta bastante insípido. Sin embargo, tiene una capacidad sorprendente para absorber sabores, lo que lo convierte en una base proteica excelente para todo tipo de platos, especialmente en la cocina asiática. Pero es precisamente esa falta de sabor —a veces acompañada de una textura poco atractiva— lo que despierta rechazo hacia el tofu. Si no se cocina bien, puede quedar pastoso y soso, y desde luego no convence a los carnívoros más fieles como sustituto de la carne.
Las pasas no son más que uvas secas. Dulces y masticables, se suelen comer como tentempié o añadirse a masas de bizcochos y galletas, lo que puede ser un problema para quienes no las soportan. A quienes odian las pasas —y detestan especialmente su textura— les cuesta evitarlas: justo cuando creen estar a salvo, ahí están, escondidas en un bizcocho, una magdalena o una galleta.
Basta un mal recuerdo de la infancia para generar rechazo hacia ciertos alimentos, y eso es precisamente lo que ocurre con el SPAM. Desde la Segunda Guerra Mundial hasta bien entrado el siglo XX, era habitual consumir este fiambre en conserva en países como el Reino Unido, EE.UU. y otros.
Se trata de una carne procesada, barata y de larga duración, pero su omnipresencia provocó hartazgo en muchas personas. Aun así, el SPAM sigue teniendo fieles seguidores, especialmente en Hawái y en algunos países asiáticos como Corea del Sur, China y Filipinas.
Con su sabor amargo y su olor penetrante, las coles de Bruselas provocan rechazo tanto en niños como en adultos, especialmente en Europa y EE.UU. Son mucho menos apetecibles cuando se cuecen en exceso y pierden su color verde intenso.
Estas pequeñas coles mejoran mucho si se preparan asadas o al vapor, aunque incluso sus mayores defensores reconocen que ganan bastante si se sazonan bien y se cocinan con un poco de tocino o abundante mantequilla.
Su textura grumosa puede resultar desagradable para quienes son sensibles a las sensaciones extrañas en la comida. El término queso cottage se empezó a usar en el siglo XIX en EE.UU. para describir un queso fresco elaborado en casa, y se hizo especialmente popular tras la Primera Guerra Mundial.
Durante años ha sido un ingrediente habitual en dietas bajas en grasas, lo que ha contribuido a su mala fama: muchas personas lo asocian con dietas estrictas promovidas, lastimosamente, por revistas femeninas. Aun así, este controvertido queso ha vivido un resurgimiento reciente, con infinidad de recetas compartidas en TikTok.
Los sabores intensos siempre generan opiniones encontradas, y el queso azul no es una excepción. Si le sumamos el factor moho —se elabora con cultivos de moho comestible, que crean sus características vetas azules y un aroma y sabor muy potentes—, este producto lácteo puede resultar poco apetecible para quienes no son muy atrevidos a la hora de comer.
Sin embargo, a los amantes de los sabores fuertes les entusiasman quesos como el roquefort, el stilton o el gorgonzola, ya sea para cocinar o para untar en una tosta o una galleta salada.
A menudo se dice que el gusto por las aceitunas se adquiere con la edad: aunque de niño te puedan parecer repugnantes, de adulto, una vez que tu paladar ha madurado, te gustan. Puede que sea cierto para algunos, pero otros nunca pierden su aversión por las aceitunas. Hay muchas pruebas que demuestran que estas pequeñas frutas con hueso, muy comunes en el Mediterráneo, son buenas para el corazón, pero eso no es suficiente para convencer a todo el mundo de que acepte su sabor fuerte y salado.
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El mazapán es uno de los pocos dulces tradicionales que despierta opiniones muy divididas. Elaborado con almendra molida, clara de huevo y azúcar o miel, aparece en una gran variedad de postres y pasteles por toda Europa: puede usarse como relleno suave o como cobertura firme… aunque también es habitual verlo apartado a un lado del plato. Su sabor a almendra puede resultar abrumador y, para muchos, es sencillamente demasiado dulce.
Todos conocemos a alguien que se alegra de quedarse con los pepinillos que otros apartan de la hamburguesa… y a otra persona que no puede ni verlos. Normalmente se conservan en vinagre con distintas hierbas y especias, y se sirven enteros o en rodajas. En la cocina estadounidense, suelen añadirse a capas dentro del pan de la hamburguesa, mientras que en otros países acompañan embutidos, quesos o ensaladas. Aun así, su sabor avinagrado e intenso no convence a todo el mundo.
Aromatizado con extracto de raíz de regaliz, este dulce —de sabor parecido al anís— suele generar opiniones extremas: o te encanta o no lo soportas. Es habitual en el Reino Unido, Alemania, los países nórdicos y Norteamérica, y se presenta en múltiples formas y tamaños. Aunque se le atribuyen ciertos beneficios para la salud, como aliviar molestias digestivas, muchos lo ven como un caramelo pasado de moda y poco apetecible. En Finlandia triunfa especialmente el regaliz salado, elaborado con cloruro de amonio: cuanto más salado, mejor.
También conocida como bhindi o dedos de dama, esta hortaliza originaria de África se ha extendido por cocinas de todo el mundo. Es habitual en la gastronomía caribeña e india, así como en platos cajún y criollos del sur de EE.UU., como el gumbo.
Al cocinarse, sus semillas liberan un líquido viscoso que resulta útil para espesar sopas y guisos, aunque si no se prepara bien, la okra puede volverse desagradablemente babosa.
Muchas preferencias alimentarias tienen que ver con el sabor o la textura. Sin embargo, el rechazo al cilantro podría tener un origen genético. Varios estudios han demostrado que un cierto porcentaje de personas tiene una predisposición a percibir esta hierba como algo desagradable: para ellas, su sabor recuerda al del jabón. El cilantro se utiliza con frecuencia en platos mexicanos, indios o vietnamitas, lo que puede hacer que quienes le tienen aversión desconfíen —injustamente— de estas cocinas.
En muchos países del mundo, los despojos siguen formando parte de la cocina tradicional. Al fin y al cabo, tiene sentido aprovechar todas las partes del animal y evitar el desperdicio: desde devorar crujientes patas de pollo hasta añadir riñones a un pastel de carne, los despojos son un ingrediente económico, eficiente y, a menudo, nutritivo.
Sin embargo, hoy en día han perdido popularidad en algunos lugares y el hígado es uno de los más polémicos. Incluso entre los defensores de los despojos no hay consenso: para algunos es delicioso, para otros tiene un sabor metálico y amargo difícil de tolerar.
Las alcaparras son los capullos en salmuera de un arbusto típico del Mediterráneo. Se recolectan a mano antes de conservarse, lo que las hace bastante caras, pero su sabor ácido y salado aporta un toque muy característico e intenso a cualquier plato.
Son un ingrediente fundamental en la clásica salsa remoulade y en la salsa italiana tonnato, y también se usan para dar fuerza a pizzas y ensaladas. Sin embargo, esa intensidad divide opiniones y hay quienes se estremecen solo de pensar en morder una.
Plato típico de la cocina francesa —aunque también presente en otras culturas—, el escargot suele servirse con mantequilla, ajo y hierbas. No deberían resultar tan extraños: al fin y al cabo, son moluscos, como las almejas o los calamares, que muchos disfrutan sin reparos.
Sin embargo, los caracoles provocan rechazo en más de uno, quizá por su asociación con las plagas que invaden jardines y huertos. Su textura gomosa o masticable tampoco ayuda a convencer a los más reacios.
Que un alimento se considere un manjar no significa que le guste a todo el mundo. Los espárragos —los brotes tiernos de una planta de la familia del lirio— requieren un cultivo laborioso, lo que explica su alto precio. Pero ¿su sabor particular compensa el esfuerzo?
Muchas personas creen que no, sobre todo si experimentan gases o hinchazón tras comerlos (y más aún si los han probado en conserva o congelados). Además, los espárragos arrastran otro problema de imagen: pueden provocar un olor desagradable en la orina.
Solo con pensar en la morcilla británica —y en otras salchichas de sangre— hay personas que pierden el apetito. Aunque este tipo de embutido es popular en países como España, Francia, Corea del Sur, Argentina o Kenia, no todo el mundo se atreve a probarlo (ni a añadirlo a su plato).
Fuera del Reino Unido, el nombre black pudding puede resultar confuso, ya que la palabra pudding sugiere un postre, cuando en realidad se trata de un producto salado. Y aunque es parte del tradicional desayuno inglés, incluso muchos británicos prefieren evitarlo.
Estos pequeños pescados tienen un sabor mucho más intenso de lo que su tamaño sugiere. Muy presentes en la cocina mediterránea, se han utilizado desde la época romana para elaborar garum (una salsa de pescado fermentado) y también forman parte de la salsa Worcestershire.
El sabor salado de las anchoas en salmuera —una forma muy común de prepararlas— divide opiniones: hay quienes adoran estas pequeñas bombas de sabor en pizzas, pastas o ensaladas, y quienes no las quieren ni cerca del plato. Su textura, junto al temor a encontrarse una espina, también echa para atrás a muchos.
Antiguamente consideradas un alimento de pobres, las ostras pasaron a convertirse en un manjar muy valorado. Aunque pueden cocinarse, lo más habitual es servirlas crudas en su concha, listas para ser engullidas de un solo bocado.
Es precisamente esta forma de comerlas la que produce rechazo en muchas personas, junto con su sabor intenso y salado, su textura —a menudo descrita como viscosa— y el riesgo de intoxicación alimentaria si alguna está en mal estado.
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